El botón del ascensor, un cuento de Samuel Leal


Alguna vez oí, no recuerdo dónde, que el botón de cierre de los ascensores estaba pensado para producir un efecto placebo en los pasajeros, ya que por mucho que lo presionaran, la puerta se cerraría de forma automática de acuerdo a los segundos programados en el mecanismo de cierre del ascensor, en otras palabras, los fabricantes habrían puesto el botón para que los pasajeros pudiese manejar adecuadamente su ansiedad en el ascensor.
Aunque curiosa la teoría, siempre me pareció plausible, ya que de verdad no entiendo la manía de las personas de presionar el botoncito apenas están traspasando la puerta del ascensor, antes siquiera de saludar a quienes van a bordo, si es que saludan. Son los mismos que desenfundan sus teléfonos inteligentes para no cruzar la vista con los otros pasajeros o los mismos que tocan la bocina una fracción de segundos antes que el semáforo cambia a verde.
Por esa razón nunca toqué el botón aquél hasta aquella noche en que tuve mi incidente en el ascensor del edificio en donde vivo.
Venía muy tarde después de un encuentro con unos amigos del trabajo y casi cayéndome del taxi y bajo la mirada burlona del conserje, dirigí mis pasos temblorosos hacia el ascensor.
El pasillo a esa hora estaba vacío y silencioso, las luces mortecinas y un pestañeo extraño que no había visto de día, producía un ambiente raro, casi tenebroso.
 Apenas llegué a las puertas del ascensor lo llamé, sentía una prisa distinta a esa de querer tirarse en la cama y dormir la borrachera hasta entrada la tarde, pero no respondió tan rápido como hubiese esperado a esa hora de la noche. ¿Serían tal vez algunos enamorados dilatando la despedida o una mudanza fuera de hora?, estaba en eso cuando el ascensor comenzó a descender y sentí unos pasos presurosos rumbo al pasillo en donde me encontraba.
Quería subir solo, no quería ver a nadie a esa altura de la noche cuando de pronto siento una voz gutural y una sombra acercarse, no recuerdo qué decía aquella sombra de voz gutural, pero el miedo me invadió de golpe, lo que vi no era un sueño, ni tampoco el efecto de la borrachera que no era precisamente como para ver elefantes rosados, pero era en verdad una sombra gigante que se abalanzaba sobre mí como en cámara lenta, justo en ese instante se abre la puerta del ascensor y entro de un salto y mi dedo se hundió en el botón de cierre como si fuese el bien más preciado en esa situación de espanto. La puerta se cerró de golpe en las fauces de esa sombra enorme que expelía un olor metálico, ácido y húmedo a la vez.
El ascensor comenzó a subir lentamente y escuchaba como desde abajo los guturales gritos de esa cosa subían. Las luces comenzaron a parpadear y la puerta a sonar, alguien quería entrar, aunque el ascensor subía.
Desperté en mi cama, sudoroso y adolorido, el hombro me dolía, pero era más la mano y específicamente mi dedo pulgar derecho. Yo estaba desnudo dentro de la cama.
Me levanté como pude, me vestí con un viejo pantalón de buzo y una camisa sin lavar, abrí la puerta y miré por el pasillo hacia el ascensor, no había nada ni nadie. Salí del departamento y caminé hacia el ascensor.  No fue necesario llamarlo, apenas llegué a la puerta éste comenzó a subir, qué vergüenza pensé, que alguien me vea en este estado, pero tenía que ver el ascensor que me subió anoche y me libró de aquella bestia. Llegó y abrió sus puertas, no venía nadie en él, miré desorientado sin saber si entrar o quedarme afuera, estaba en eso cuando me fijé en el espejo que reflejaba mi imagen miserable, que el botón de cierre estaba rojo, era sangre, traté de entrar, pero las puertas se cerraron y el ascensor bajó raudo. Miré mi mano derecha y nada, la mano izquierda tampoco, claramente la mancha de sangre no era mía. 
Respiré aliviado, era hora de seguir durmiendo, después una larga y tibia ducha mejorará todo, pensé.

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