poesía y resistencia, la acción cultural en los 80

Hace muchos años, a comienzos o mediados de los 80, no recuerdo el año exacto, reunimos en una pequeña mediagua que nos prestaba una solidaria capilla para hacer funcionar un centro cultural, a dos grandes poetas, el hoy premio nacional de literatura 2012 Oscar Hahn y a nuestro recordado amigo Aristóteles España.
Centro cultural Chabela, La Palmilla, Conchalí.


Poetas invitados:

Carmen Berenguer
Aristóteles España
Oscar Hanh
Gonzalo Millán
Jorge Montealegre
Mauricio Redolés

antonin artaud y la música de luis alberto spinetta



El viejo Artaud
venía con la carátula un tanto herida,
pero suena magnífico,
las cuerdas del flaco Spinetta
aún frescas desde aquél fatídico año
para nosotros, pero sublime para él.
Ambos, el poeta y el músico, que también
era poeta, poemas con cuerdas, acaso
no es cómo los antiguos recitaban con la lira?
El viejo roble y los puentes amarillos, siguen
ahí y persisten libres.
"No estoy atado a ningún sueño ya"

estación central, el nuevo libro de eugenio dávalos

La conciencia de la singularidad de existir como el combustible de nuestra soledad esencial. La separatidad esencial. Pero no una soledad lacerante o inmovilizadora. No me dejó esa impresión. Siempre va hacia algún lado con las manos en los bolsillos esperando el milagro de la comunión con los otros. Se trata de un personaje que camina por los pasadizos y calles de Estación Central; que observa; toma notas y acepta las cosas como vienen. Sucede que la disolución de la distinción sujeto-objeto se torna una obsesión en el discurso del personaje al extremo que no puede escapar de la melancolía, de cierto amor a la muerte y con ello, a la noche abierta que se traga a los que van quedando en el camino.

Estación Central parece ser el infierno y el paraíso por el cual ha pasado el personaje, pero no estamos seguros que la iluminación que llamaremos no-yo, haya sido producto de esas experiencias. Tiene algo de escogido, de aún más singular que la propia existencia. Porque todo es más incierto y carece de sentido pretender descifrar el código del poema, sobre todo de este, que sin duda en notable:

Singularidad

Me propongo tomar el ritmo de mi sangre
Y dentro de una bolsa de basura
Meter la mano
En un gesto carente de sentido
De allí no sacaré la tarjeta que dé cuenta de mi destino
Ni poemas que hablen de mi minúscula vida
Más bien es un gesto en el vacío de un cuarto
La broma macabra: perdimos la lucha
Regocijados por el calor que produce una taza de café

Estamos solos
He ahí la certeza
No vamos a descubrir la pólvora
Esta singularidad es única en el universo
Borrachos podemos patalear en un charco luego de la lluvia
Es la singularidad de uno ante la muerte

Le damos las gracias a Eugenio Dávalos Pomadera por habernos revelados esas voces.


Marcos López Oneto

Poemas de Henri Michaux

VEJEZ

¡Noches! ¡Noches! ¡Cuántas noches para una sola mañana!
¡Islitas dispersas, cuerpos de fundición, costras!
¡Miles de nosotros se acuestan en la cama, fatal desenfreno!
Vejez, veladora, recuerdos: arena de la
  melancolía.
¡Aparejos inútiles, lento desmontarse!
¡Así que ya nos echan!
¡A empujones! ¡Salir a empujones!
Plomo del descenso, con niebla a la espalda…
Y la pálida estela de no haber podido Saber.

PERO TÚ ¿CUÁNDO VENDRÁS?

Pero Tú, ¿cuándo vendrás?
Un día, alargando Tu mano
Por sobre el barrio donde vivo,
En el instante maduro en que de veras desespero;
En un segundo atronador,
Arrancándome con terror y soberanía
De mi cuerpo y del cuerpo lleno de costras
De mis ideas-imágenes, ridículo universo;
Soltando en mí Tu sonda atroz,
La espantosa fresadora de Tu presencia,
Vendrás elevando en un instante sobre mi diarrea
Tu recta e insalvable catedral;
Proyectándome, no como hombre,
Sino como proyectil en la vía vertical.

Vendrás, si existes,
Seducido por mi desperdicio,
Mi odiosa autonomía.
Saliendo del cielo, de donde sea, de debajo de mi
    ego conmovido, quizá;
arrojando mi cerilla en Tu desmesura,
y adiós, Michaux.

O si no, ¿qué?
¿Nunca? ¿No?
Di, Premio Gordo, ¿dónde quieres caer entonces?
LLÉVENME

Llévenme en una carabela,
En una suave y vieja carabela,
En el estrave, o si quieren, en la espuma,
Y piérdanme a lo lejos, a lo lejos.

En el atelaje de otra edad.
En el engañoso terciopelo de la nieve.
En el aliento de una jauría de perros.
En la tropa exhausta de las hojas secas.

Llévenme sin quebrarme, en los besos,
En los pechos que se levantan y respiran,
Sobre los tapices de las palmas,
En los corredores de los huesos largos y las articulaciones.

Llévenme o, mejor dicho, entiérrenme.

EN EL CAMINO DE LA MUERTE

En el camino de la Muerte
Mi madre se topó con una gran banquisa;
Quiso hablar,
Ya era tarde,
Una gran banquisa de algodón.

Nos miró, a mi hermano y a mí,
Y luego lloró.

Le dijimos –mentira realmente absurda–
Que entendíamos perfectamente.
Sonrió entonces con esa sonrisa, llena de gracia, de cuando
No era más que una jovencita
-Lo que en el fondo era–,
Una sonrisa tan bonita, casi traviesa;
Luego, fue tomada en lo Opaco. 

El botón del ascensor, un cuento de Samuel Leal


Alguna vez oí, no recuerdo dónde, que el botón de cierre de los ascensores estaba pensado para producir un efecto placebo en los pasajeros, ya que por mucho que lo presionaran, la puerta se cerraría de forma automática de acuerdo a los segundos programados en el mecanismo de cierre del ascensor, en otras palabras, los fabricantes habrían puesto el botón para que los pasajeros pudiese manejar adecuadamente su ansiedad en el ascensor.
Aunque curiosa la teoría, siempre me pareció plausible, ya que de verdad no entiendo la manía de las personas de presionar el botoncito apenas están traspasando la puerta del ascensor, antes siquiera de saludar a quienes van a bordo, si es que saludan. Son los mismos que desenfundan sus teléfonos inteligentes para no cruzar la vista con los otros pasajeros o los mismos que tocan la bocina una fracción de segundos antes que el semáforo cambia a verde.
Por esa razón nunca toqué el botón aquél hasta aquella noche en que tuve mi incidente en el ascensor del edificio en donde vivo.
Venía muy tarde después de un encuentro con unos amigos del trabajo y casi cayéndome del taxi y bajo la mirada burlona del conserje, dirigí mis pasos temblorosos hacia el ascensor.
El pasillo a esa hora estaba vacío y silencioso, las luces mortecinas y un pestañeo extraño que no había visto de día, producía un ambiente raro, casi tenebroso.
 Apenas llegué a las puertas del ascensor lo llamé, sentía una prisa distinta a esa de querer tirarse en la cama y dormir la borrachera hasta entrada la tarde, pero no respondió tan rápido como hubiese esperado a esa hora de la noche. ¿Serían tal vez algunos enamorados dilatando la despedida o una mudanza fuera de hora?, estaba en eso cuando el ascensor comenzó a descender y sentí unos pasos presurosos rumbo al pasillo en donde me encontraba.
Quería subir solo, no quería ver a nadie a esa altura de la noche cuando de pronto siento una voz gutural y una sombra acercarse, no recuerdo qué decía aquella sombra de voz gutural, pero el miedo me invadió de golpe, lo que vi no era un sueño, ni tampoco el efecto de la borrachera que no era precisamente como para ver elefantes rosados, pero era en verdad una sombra gigante que se abalanzaba sobre mí como en cámara lenta, justo en ese instante se abre la puerta del ascensor y entro de un salto y mi dedo se hundió en el botón de cierre como si fuese el bien más preciado en esa situación de espanto. La puerta se cerró de golpe en las fauces de esa sombra enorme que expelía un olor metálico, ácido y húmedo a la vez.
El ascensor comenzó a subir lentamente y escuchaba como desde abajo los guturales gritos de esa cosa subían. Las luces comenzaron a parpadear y la puerta a sonar, alguien quería entrar, aunque el ascensor subía.
Desperté en mi cama, sudoroso y adolorido, el hombro me dolía, pero era más la mano y específicamente mi dedo pulgar derecho. Yo estaba desnudo dentro de la cama.
Me levanté como pude, me vestí con un viejo pantalón de buzo y una camisa sin lavar, abrí la puerta y miré por el pasillo hacia el ascensor, no había nada ni nadie. Salí del departamento y caminé hacia el ascensor.  No fue necesario llamarlo, apenas llegué a la puerta éste comenzó a subir, qué vergüenza pensé, que alguien me vea en este estado, pero tenía que ver el ascensor que me subió anoche y me libró de aquella bestia. Llegó y abrió sus puertas, no venía nadie en él, miré desorientado sin saber si entrar o quedarme afuera, estaba en eso cuando me fijé en el espejo que reflejaba mi imagen miserable, que el botón de cierre estaba rojo, era sangre, traté de entrar, pero las puertas se cerraron y el ascensor bajó raudo. Miré mi mano derecha y nada, la mano izquierda tampoco, claramente la mancha de sangre no era mía. 
Respiré aliviado, era hora de seguir durmiendo, después una larga y tibia ducha mejorará todo, pensé.